lunes, 28 de julio de 2008

TRIBUTO A IVONNE H.

Ivonne y yo disfrutábamos mucho de las nieves de limón, los hielitos crepitantes y cristalizados que como pequeños cráneos triturábamos con los dientes. Lo hacíamos sentados en una banca de cemento, bajo dos pinos altísimos para escuchar ese rumor, a veces en línea, a veces a escala, de gestos a medio freír. Supongo que así son los convidados agridulces, los que subsidian un sinnúmero de contracciones faciales, todas siguiéndome el paso hasta que son recibidos por una comitiva de besos chiquitos. Sentir unos labios fríos ¡guao! es como reflejarse en un mar sin olas, en las lacrimosas sudoraciones de las fresas congeladas, en el repertorio de gotitas de lo que fue un jugo de manzana.

Los besos en el verano son los más ricos, los que por derecho natural nos desnudan sin importar el toque de queda de los padres. Cómo olvidar tu falda, tu pequeña falda contra el viento y yo mirando como te untabas yogurt en las piernas, las que luego abriste para perderme de por vida en ese bosque trenzado de cerezas.

Era la época del heavy rock, y tú –Ivonne- no dejabas de escuchar el Blackout de Scorpions, el Defenders of the faith de Judas Priest; y cuando decidías organizar mis posibilidades amorosas, la elección era Journey.

Mero pasatiempo: besarnos en el sillón, inventar pequeñas ciudades de una apartada región donde el viento arrancaba las hojas sueltas de un cuaderno donde escribíamos poemas para desafiar de pie los lechos nupciales.

Lejos quedó tu tierra, cariño. Lejos el Líbano y los bombardeos, lejos la somnolienta violencia y el tiro a mansalva, lejos la próxima estación: las metralletas apuntando a tu pecho.

Nunca olvidaré tus besos teniendo de fondo One de Metallica, el compás azul de los delfines en tu piel, lo tibio que son los corazones en la preparatoria, mis manos aprisionando tus puños para que no estrellaras el cristal de las ventanas.

Y volver allá, por los rumbos de la colonia del Issste, a comprar más nieve de limón. Preguntar por “la maestra”, saludar con la mano derecha con ese movimiento que nos permite remozar edificios, tal como nos enseñó el profesor Miyagi, y sobre todo, ganarle terreno a tus recuerdos de la guerra para verte sonreír –siempre- tras el cristal de la distancia.

Hoy alzo los brazos y desciendo en el tobogán de los años donde me sumerjo sin tocar el agua. Va para ti, donde quiera que te encuentres, este ramo de burbujas, Ivonne Handall.

A veces llueve
y con ello se contraen tus tatuajes.
En un punto vacío el humo del cigarro
borda para ti mandrágoras y turbantes:
un país de luz abre tus dedos
como una pelota de frontón

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