“¿Y
no te duele cuando te lanzas?”, “¿Cómo le haces para jugar si estás casi
ciego?”, ¿Y sobre tu nuevo diagnóstico, te preocupa, te entristece?”, son
algunas preguntas que leo por WhatsApp cuando me desaparezco y tengo que
explicar cómo está el asunto. Creo que el ruido que acompaña al miedo cuando te
diagnostican una enfermedad se asemeja al que, después, haces cuando escribes
con furia o dolor o desesperación. Me hice solo, a golpes, me formé leyendo en
bibliotecas públicas, conocí lo mejor y lo peor con la gente en la calle; en la
escuela –ese código de referentes aspiracionales y ambiciosos– no me
permitieron abordar los miles de barcos que imaginaba, se me obligó a pisar los
paradigmas con los que se enloda al mundo, un sistema donde nadie sale limpio,
que quemó alas y niños que algún día lo fueron, que se volvieron indiferentes a
las cosas sencillas y fueron capaces de matar en la locura desatada por el
dinero, las ofertas y las compras. Me duelen, claro, muchas cosas: el cuerpo,
los ojos cuando leo, el señor que cruza la calle y me maldice porque me
atravesé en su camino, cuando voy por una pelota por lo alto, mis perros cuando
no los veo, mi madre rodeada de flores en algún lugar cerca del mar y a la que
no puedo abrazar, mi hermano Marco convaleciendo en la Ciudad de México. Me
duele saber que ya no puedo regresar a casa. Ya no tengo casa. Tengo, aún, mis
manos fuertes que atajan, tengo un ojo que me guía, mucho coraje y valor, una
piedra que lanzo a mi mano izquierda para ver la epifanía de surcos donde arde
el destino.
He de
salvarme en el césped de una cancha de futbol, feliz, partiendo la tempestad
donde te encuentras. Porque tú eres mi hermano, mi hermana, ahora que la
portería es todo lo largo de mi planeta, el que veo en la sonrisa de los niños
que me chutan al terminar cada juego en el Tec de Monterrey. ¡Venga!
Luis
Daniel Pulido
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