
Las cartas no rodean muros,
conquistan uno a uno países que me quedan lejos;
son como ruedas sin aceite: chillan y ruedan
y aplastan hileras de hormigas y hasta un gusano
de maguey satánico (que según cantaba igual
que Ronnie James Dio)
Confieso que soborné al guardián de los poemas
excelentes y escribí una carta a un juego de críquet:
era el medio tiempo, las 8 de la noche del 21 de octubre
de 1997 cuando Pakistán bombardeaba Cachemira
y yo buscaba, entre palos e insultos y goles anulados,
a la niña más bonita de los jardines que aran las bombas
que caen en la nieve y colorean de sangre y huesos los inviernos más fríos
Ensalivé el timbre, el mármol de un pequeñísimo
Bosque de Chapultepec, y me senté a ver cómo el sobre
se resbala en la rendija que me recuerda el parpadeo
de los niños ansiosos: ella aun no me responde que me quiere





