Era 1983 en una ciudad lejana a las estrategias militares
al otro lado del inmenso océano,
de los sistemas antiaéreos que una niña dibujaba
en cuadernos viejos y empolvados;
era una ciudad rural donde veíamos el Rey Leonardo,
y se hacían largas filas por comprar tortillas,
entrar al cine, comprar un cómic,
rentar una Bimex por una hora y perderse
entre lotes baldíos
Era Tuxtla Gutiérrez y me sentaba en la banqueta
a ver estrellas,
los aviones dispersando el sonido de sus motores
y yo buscándolos entre rayos y constelaciones,
epigramas de luz que aún firmo en mis libros
Era 1983 y era el primer año de secundaria
y las niñas de las colonias cercanas dejaron de amarme
como se ama a esa edad: en fiestas de cumpleaños,
en posadas navideñas, en el campo de futbol lleno de piedras,
en la amistad compartida entre padres de familia,
en las juntas por las buenas o malas calificaciones
no fueron más,
ya era parte del avant-garde neoyorquino
Esos jeans ajustados –imposibles de olvidarlos–
y el tiempo que se detiene por las noches
cuando te enfrentas a los maleantes políticos mexicanos,
me hacen bailar con mi sombra mientras canto
algo borracho en el Estudio 54
Y ni tú ni yo regresamos a Líbano
Luis Daniel Pulido

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