
Se me pregunta –desde escritorios, butacas,
montones de libros– a qué grupo de rebeldes
pertenezco, a qué crítico en voz alta debo que expliquen
didácticamente al hombre que fue niño –se estiró–
y se hizo grande al escribir ensayos con títulos
como Los ejércitos de liberación nacional en la literatura
de fin de siglo, algo que hoy niego rotundamente a cambio
de un par de galletas de miel de abeja, un beso de Nadia,
desdoblamientos de vocalizaciones agudas desde el fondo
de la tierra que me convierten en un ghostbuster igualito
al de los años ochenta
Se me pregunta si creo en la democracia en Noruega,
en Los Alpes, en los medios, en los burros que animan
el viaje de los periódicos locales
Y como no hay palabras exactas, insultos impensados,
un barco a Cancún las próximas tres horas, digo
–evitándome trazar tuiters, títulos, réplicas–
que nada me importa más en la vida que forjar
luchas sociales en la piel de mujeres que después
de los treinta no cumplen años y lanzan besos
desde el jacuzzi o el taxi que las lleva de vuelta
a casa
Al nadar de muertito en camas que jamás
serán nuestras