
A Laura Baeza, por jugar con Chincho sin importar la hora
Para Sayuri Catalán, por su sonrisa y reivindicar el sueño de los héroes
Para Sayuri Catalán, por su sonrisa y reivindicar el sueño de los héroes
Es verdad que tú no habías nacido
cuando yo pedía ser Fillol en el Mundial de 1978,
tiempo donde tu mamá se negaba a inventar
teorías de resignación y se volcaba a las calles
por lo que hace apenas unos años había sucedido
en la Plaza de Tlatelolco
Es verdad que tú no habías nacido
cuando yo –a pesar de mis ocho años- era gánster en Sicilia,
futbolista del Atletic de Bilbao en un film español
con muchos billetes en las bolsas del saco,
algo que más tarde se repitió por la suerte
que tienen sólo los buenos amantes
Es verdad que tú no habías nacido
cuando el país era una pirotecnia,
y los largos viajes por el mundo
de daban por sinapsis o en imponentes
polvorines cerebrales en el sector
más desprotegido de la escuela:
mis ojos que decidieron ver fijamente
el anillo de calavera en los dedos
del vendedor de droga que jamás
envejece entre los alacranes fosilizados
del Perla Negra
Es verdad que tú no habías nacido
cuando subía el volumen a estaciones de heavy metal
y fumaba mi primer cigarro y le rompía el himen
a la Nena para después recapitular –en nombre del amor-
amparos para que sus padres no me tundieran a palos
en la cancha de básquet de La Salle
Es verdad que tú no habías nacido
cuando te buscaba en el edificio Baxter,
en los hielos que se deshacen en el whisky
tal como sucede con los hijos después
de ser concebidos en bonitas camas matrimoniales
Es verdad que tú no habías nacido
cuando mi papá me regaló mi primer perro,
un boleto para viajar al centro de la Tierra
y dos billetes de veinte que aún guardo
en la funda de un disco de Black Sabbath
con los que –algún día- viajaré a Campeche
con mi pinta de Cocodrilo Dundee
y sin usar los estorbosos lentes
Es verdad que tú no habías nacido
cuando yo pedía ser Fillol en el Mundial de 1978,
tiempo donde tu mamá se negaba a inventar
teorías de resignación y se volcaba a las calles
por lo que hace apenas unos años había sucedido
en la Plaza de Tlatelolco
Es verdad que tú no habías nacido
cuando yo –a pesar de mis ocho años- era gánster en Sicilia,
futbolista del Atletic de Bilbao en un film español
con muchos billetes en las bolsas del saco,
algo que más tarde se repitió por la suerte
que tienen sólo los buenos amantes
Es verdad que tú no habías nacido
cuando el país era una pirotecnia,
y los largos viajes por el mundo
de daban por sinapsis o en imponentes
polvorines cerebrales en el sector
más desprotegido de la escuela:
mis ojos que decidieron ver fijamente
el anillo de calavera en los dedos
del vendedor de droga que jamás
envejece entre los alacranes fosilizados
del Perla Negra
Es verdad que tú no habías nacido
cuando subía el volumen a estaciones de heavy metal
y fumaba mi primer cigarro y le rompía el himen
a la Nena para después recapitular –en nombre del amor-
amparos para que sus padres no me tundieran a palos
en la cancha de básquet de La Salle
Es verdad que tú no habías nacido
cuando te buscaba en el edificio Baxter,
en los hielos que se deshacen en el whisky
tal como sucede con los hijos después
de ser concebidos en bonitas camas matrimoniales
Es verdad que tú no habías nacido
cuando mi papá me regaló mi primer perro,
un boleto para viajar al centro de la Tierra
y dos billetes de veinte que aún guardo
en la funda de un disco de Black Sabbath
con los que –algún día- viajaré a Campeche
con mi pinta de Cocodrilo Dundee
y sin usar los estorbosos lentes
Es verdad que tú no habías nacido





