lunes, 11 de marzo de 2019

LOS INDIGNADOS ME HUNDEN EL BARCO




Yo opino que opinar es necesario, porque tengo inteligencia y por eso siempre opino. Yo opino que si opino un pensamiento que me venga a la cabeza hago crítica social.
Joe Pino

Sé que tengo pendientes
con el sindicalismo obrero de las letras,
con los anarquistas de la corte:
cancerberos de charamuscas sociales

El ligero temblor en los dedos
–me dicen–
es la señal para desenfundar
realidades alternas,
el lado luminoso de la réplica:
el pulgar hacia arriba o hacia abajo
como los emperadores romanos,
aumentar en la Red el número de seguidores

Y quiero dar unos pasos,
créanme: acercarme a la mesa,
restablecer con el Enter 
el paso marcial de las obligaciones

El reflejo del sol en los espejos,
el error deliberado que corta las llamadas:
la puerta de salida a un buen número
de visitantes

He construido los conductos necesarios:
desconectarme, apagar el teléfono, hacer nada

Luis Daniel Pulido

viernes, 8 de marzo de 2019

GOLPE EN EL PARIETAL CON BALÓN DE CUERO GRUESO



Mi amigo, que evita los ríos que suenan,
me habla de La Ilíada, de los parpadeos
–que algunos confunden con guiños– sobre el arte;
del asambleísmo del teatro en México,
la facilidad con la que se expone la vida privada

Yo viajo a Tuxtla por otros asuntos:
a veces a pulsar la atarraya de sus atardeceres,
a pescar un temblor de tierra,
las piezas óseas de un hombre primitivo,
los signos de septicemia en la pierna árida del estero,
la burocracia infinita vomitada por el cajero automático

Es tiempo –bromeamos mi amigo y yo–
de escribir canciones de protesta,
y cantarlas en una bohemia en una casa
de arquitectos; valores perdidos en la Cultura,
mea culpa, por los soundtracks de Wes Anderson

Sin negociar el más hostil de los entornos:
el molecular o el paleontológico,
la melodía multinacional socialista
y el clima natural del universo

No

Regresemos a jugar futbol rudo a las calles

Luis Daniel Pulido



viernes, 1 de marzo de 2019

NO PROVOQUES A UN ROLLING STONE




Dijo “viene Chayanne a la ciudad”
como si fuera, de nuevo, estudiante de secundaria,
como única república del Viejo Mundo,
con ese furor –polillas incluidas– por el cinematógrafo,
de espaldas al continente,
proteiforme diría, pero es demasiado enviarla al Wikipedia

Dijo “viene Chayanne a la ciudad”
y me señaló un poster con su corte de pubertas;
no vi, pues, un tema oceánico ni tenores
ni capos del bel canto

Reconozco que tampoco un perro flaco

Que caiga el meteorito,
el tinte rojo a los escenarios –digo

Y ella da la vuelta: va por su boleto

Una pena –pienso– que tenga un gato

Psss psss psss psss psss

Luis Daniel Pulido

lunes, 25 de febrero de 2019

CACHÚN, CACHÚN




Ella no se corrompe con la actualidad
y los modelos de comunicación:
no tiene WhatsApp ni epigrafistas
con mala ortografía;
algunos –ver para creer–
con credenciales académicas.

Se concentra en la posición
de un planeta: Venus, por ejemplo,
y abre caminos que no auguran una tragedia:
no (todavía) se va a acabar el mundo.

Dice. Sentencia.

Ella desafía la chikungunya,
el paludismo;
puntualiza con sus labios:
La Selva.

Y me dice “Kun-Balam”
y me abro el paso entre jaguares.

De barro.
Los de verdad sí dan miedo.

Y me dice “di no al tren Maya”.

Y lo digo hasta el infinito.

Luis Daniel Pulido

LA BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA DE BART SIMPSON




Haber sido un niño violento es vivir, aun de adulto, en permanentes accidentes: caídas, travesuras malévolas, broncas, expulsiones en partidos de soccer, novias que no me soportan y el proceso lógico y temporal de mis problemas de lenguaje.
Por el derecho que me corresponde –legítimo– vivo en las profundidades de océanos donde la única regla que existe es la de sumergirse lo más que se pueda.
Pero igual sigo lleno de culpas, de objetos que nadie quiere; en esta tierra donde los exiliados no tienen salidas de emergencia ni la opción: desaparecer.
La verdad, el mar no es tan profundo como lo son mis manos que cubren mis ojos. Quizá, y eso espero, pronto escuche cuando un planeta se sumerge y el sonido, parecido a los Alka Seltzers en el agua, me regrese a la búsqueda amorosa de las cosas.
Pienso que me hubiese gustado no ser tan inquieto, ir a la escuela sin pasarme todo el día buscando tesoros en el Queen Anne’s Revenge; o al menos no inventar programas de radio imitando la voz de Orson Welles, hechos que me costaron castigos como el de no ver la tele.
Lo bueno de no ver tele es que inventé escafandras, aeroplanos, arañas-dragones, ranas alpinistas con las patitas atrapadas entre mis dedos que terminaron mutiladas dentro de un frasco de alcohol. ¡Súper!
Es triste para mí, aun siendo adulto, recordar que no hay “fin de la historia”, que mi silencio es para evitar las distintas estrategias de saqueo hacia mis palabras, juegos, barcos que zarpan, estrategias de sobrevivencia.
Por eso para evitar el proceso irreversible de la soledad, la tristeza, la especulación de lo imperdonable, me atrinchero en el abismo azul de un mar donde no existe la palabra “medicamento”.
Acostumbro todavía comer dulces porque toda posición decisiva requiere de azúcar. Y evito reclamos, demandas, aclaraciones. Escribo cartas que son verdaderos toboganes donde el punto final es un chapuzón gigante.
Quizá siga siendo, en parte, ese niño violento, malo para ustedes. Quizá nací acostumbrado a los nudos, las pequeñas explosiones en el cerebro, la ropa sucia, a llevar animales muertos a los anfiteatros y besar, a veces rabioso, a veces tierno, a mi novia.
Hoy me siento como un maleante. Solo. Un poco astronauta otro poco torero, pero en ambos oficios destinado al escarnio.
Y me veo en el retrovisor del auto y compruebo que sigo siendo aquel niño bajo la sombra tutelar de los ministerios de una terapeuta. El mismo niño sanguinario, travieso y sin ningún mensajero que lleve mis cartas de auxilio a Julissa.
Triste porque el único camino de regreso a casa era el catálogo navideño de Sears, la página 23 de naves y monstruos interplanetarios que George Lucas decidió no tomar en cuenta para una de sus películas y que se fueron a la basura.
Haber sido un niño violento es vivir, aun de adulto, en la imposibilidad de pedir disculpas a todos.
Imposible confundir eucaliptos con abedules.
Imposible ser un adulto bueno cuando mi naturaleza de niño maldito suma ya un millón de testigos.
Imposible que para el amor baste una sola gota de vela consumida.
Imposible que mi corazón ya no duela tanto.
Sólo el mar persiste, bajo los espejos, con las palabras: Julissa, te extraño.

Luis Daniel Pulido

domingo, 24 de febrero de 2019

EN MEDIO DE ESTA GUERRA TENGO UNA AMIGA




En cierta forma te vi y no te vi,
el censor –hay un censor– que al desplomarse
traza un surco largo: denuncias, rutas perdidas,
apocalipsis en miniatura, exterminio a las hadas,
un monito de estambre: me disparas

Y han embalsamado cadáveres,
ideas no tan democráticas de felicidad.
Tú ibas a marchas contra la maldita
condición humana y estuve contigo:
alcé mi dedito

Me excluiste del espectáculo,
me dejaste las llaves de tu puerta,
una dirección: te gustan los libros,
el satín color pastel de las almohadas,
‘el amor después del amor’:
vudú de Dios con alfileres,
arcángeles de sangre

Eres feminista y yo el hombre de mezclilla
de una banda de rock imaginaria

Y que lleva gelatina hasta tu casa

Luis Daniel Pulido

martes, 29 de enero de 2019

LA VENDEDORA




En México me cerraron
la puerta que da al país
Nicolás Guillén

No supe su nombre
pero parecía una lámpara

No supe su nombre,
si esperaba de mí una moneda,
cinco palabras o un poco de mi sangre

No supe su nombre,
si era una sombra, un desierto
o la roca de su iglesia

Quizá no era necesario nombrarla
ni conciliar tormentas bajo la sombra

Eran los corredores de sus ojos tristes,
su corazón de terciopelo blanco

No supe su nombre,
sólo recuerdo el fogón
y sus pequeñas bestias de fuego

No supe su nombre,
sólo la vi caminar,
envolver con su falda
grillos y estrellas

Y pensé en mi madre,
en la soledad de las señoras grandes

No supe su nombre
pero parecía una niña
al comerse sus dulces

Una cajita de fósforos
es todo lo que ilumina su vida

Luis Daniel Pulido

Marzo, 2007; Oaxaca, México

Foto: Yásnaya Elena