lunes, 26 de julio de 2010

NUESTRA PEQUEÑA PATRIA


Es Tuxtla, no Estambul, le digo a Bessie que imagina conectar una máquina de oxígeno a una Cobra portátil para, si se requiere, emprender una avanzada más intensa hacia quien atente contra nuestras fronteras de cebollas, capirotadas y chinicuiles. Soñar que llegamos a una nueva casa donde lanzamos piedras a sus anchas, donde las ideas de libertad nos despiertan a las diez de la mañana. Volver a las calles, las mismas que llevamos sujetas a la espalda, que nos obligan a rentar un camioncito de fletes, checar si van completos muebles, dvd, floreros, libros, recuerdos, el refrigerador donde escribes frases; viajar con esa sensación de remar a pico de una cerveza bien fría antes de escribir “hogar, dulce hogar” y firmar el contrato de arrendamiento (nunca como el principio de algo, sino como el final de todo). Tapar con un dedo los semáforos, sacar la lengua (ese agregado cultural de los niños huérfanos) a los autos estacionados, cruzar de manos la placita de poetas y buscar a sus homicidas en las entrañas de los atunes en latas. Los peritos actuarán con base a la cruda de la fiesta de anoche.

¿Hacia dónde vamos?, nos preguntamos entre repertorios de subastas rurales, contrapartes en mapas con ofertas de flores de un día, salidas a Hong Kong gracias a los pequeños detalles de la fayuca, edificios que se orillan a la derecha y la imagen, eterna imagen, de dos niños abrazados por el frío.

Dentro de una burbuja de clorofila el sonido de la vieja camioneta, ese ferrocarril de hojalata destinado al trueque y al comercio donde en cada kilómetro recorrido vemos la destrucción de nuestras pequeñas propiedades: un fanzine, los juguetes de Ulises, el sabor a tequila de la terapia ocupacional, la sombra de un naranjo en un piercing, el verano con Marvel Comics. Y la alfombra roja de un cuento infantil de domingo por la mañana, el reloj forjando otoños para patriotas tras un carrito de hot dogs.

Ayer bibliografías que se transformaban en aeropuertos, hoy hacia una nueva casa ocultando gatos bajo la piel, armando rompecabezas de agua tibia para el turista japonés de tus pies descalzos.

Si el exilio no se fuera a las nubes en el mercado de rentas, quizá no llegáramos diezmados empuñando el vaho de los relámpagos y bebiendo de golpe una botella de whisky, único método de supervivencia valido para quien escribe poesía en traje de buzo y esconde su rostro en las manos de Bessie, orgulloso de salvar nuestra pequeña patria de tanto conductor asesino.

Acá casi no hay ciclistas. Qué lugar tan triste.

5 comentarios:

marianatrenz dijo...

Es Tuxtla, no Estambul.. . qué buen comienzo

Besos

Karen Kawakabu dijo...

Forjar un país contigo es lo más hermoso que he visto

Besos

BESSIE CERÓN dijo...

Hoy me siento así, sin bicicletas.

Menos mal que todavía me queda una Bessie, ponchada de llantas. :C

cati covarrubias dijo...

Chincho, si te tuviera cerca te sentaría en mis piernas y te contaría cuentos bien bonitos

Whisky Festival dijo...

Un artículo interesante, la naturaleza y la tradición son combinaciones excelentes que pueden ser encontradas en diferentes formas, algunas de estas pueden ser disfrutadas en Whisky Festival. Los invitamos a conocer más sobre esto y la dinámica de este festival con la que te puedes ganar un viaje a Escocia en: http://whiskyfestival.com.mx/